No fue un hombre de paz

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Corría el año 622 d.C. cuando el profeta Mahoma tuvo que huir de la ciudad de la Meca para refugiarse en Medina. La nueva religión que propugnaba no fue bien recibida por el politeísmo imperante en la zona.

En marzo del año 624, Mahoma condujo 300 guerreros en un asalto a una caravana de mercaderes que se dirigía a la Meca. La agresión fue repelida en un principio, pero más tarde, en sucesivas escaramuzas, el ejército del profeta salió victorioso.  

En 630 Mahoma marchó hacia la Meca al mando de 10.000 hombres, conquistándola sin mucha resistencia. Amnistió a los habitantes de la ciudad salvo a quienes lo habían injuriado y a los musulmanes apóstatas. Los mandó matar a todos, incluso a los que “eran hallados bajo las cortinas de la Kaaba”.

Muchos habitantes se convirtieron al islam, la mayoría por temor y otros porque encontraron en la nueva religión una mayor profundidad teológica a la ofrecida por el politeismo que practicaban los mercaderes de la Meca. Mahoma mandó destruir los ídolos de la Kaaba y prohibió a los no musulmanes peregrinar a la Meca, asumiendo aquel lugar como espacio sagrado de la nueva religión.

Como se puede observar, ni Mahoma fue un hombre de paz ni la religión que fundó nació bajo preceptos de amor al prójimo. El profeta fue, en primer lugar, un comerciante, y más tarde, un guerrero, que impuso su religión a través de la espada y en apelación continua a la yihad –o guerra santa-(hasta en 40 versículos del Corán hacen referencia a la yihad, ya sea como lucha interior o lucha armada para extender el islam).

La nueva religión surgida asumió como propios algunos de los preceptos básicos y fundamentos teológicos del cristianismo y del judaísmo: existencia del Paraíso y del Infierno, de los profetas, la importancia de la caridad y de la oración; pero cambió profundamente el sentido del martirio. Si para un cristiano ser mártir supone dar la vida por su fe e implorar el perdón de Dios hacia los que infringen el martirio o la muerte, para un islamista un buen mártir es aquel que irá al Paraíso –donde le esperan 72  huríes- asesinando infieles, porque esa es su misión en el mundo, hacer que la ley de Alá reine en la Tierra. Sorprende, por tanto, que 72 horas después del atentado de Barcelona todavía haya algunos terroristas huidos, entre ellos el autor de la masacre. El que huye merece la muerte y el que desea morir, merece un “Guantánamo”, para que pague en vida el daño causado.

Entre los siglos VII y XV se produjo la expansión del Islam y la guerra santa siguió siendo el modus operandi por el cual todo el norte de África cayó bajo la nueva religión. Fue una época marcada por las guerras dirigidas contra árabes, judíos y cristianos, y contra todo aquel que pudiera considerarse como enemigo de la fe.  Infinidad de pueblos fueron sojuzgados y obligados a convertirse a la nueva religión por la fuerza o el miedo. En un contexto de defensa propia ante la agresión del Islam cabe enmarcar la Primera Cruzada cristiana (1095 d.C.) que tenía como objetivo liberar los santos lugares y proteger a las comunidades cristianas que estaban siendo masacradas.

Conviene hacer estas reflexiones históricas porque no faltan analistas que pretenden ver en el Islam una religión de paz, de hecho, recientemente la UNESCO ha establecido que “es la religión más pacífica del mundo”, seguramente bajo la presión de intereses inconfesables de los países petroleros del Golfo. No lo fue ni en su origen ni en su desarrollo, aunque evidentemente, esto no quiere decir que todos los musulmanes sean terroristas o personas violentas. Por supuesto que no.

A mi modo de ver, el gran problema del islam que le impide un buen entendimiento con otras religiones con patrones culturales distintos radica en la supuesta superioridad moral de la que presumen y en la creencia de que fuera de su religión no hay salvación posible para el ser humano –no sucede esto en cambio en el cristianismo, porque a pesar de que se reconoce como única religión verdadera, sí acepta la salvación de las almas fuera de su religión (Vat.II, LG 16-Catecismo de la Iglesia Católica #847)-. Es por ello, que por mandato del Corán, se sienten obligados a convertir a todos al islam, ya que es la única religión verdadera, y quienes no la profesen son infieles, y la civilización que se desarrolla bajo preceptos no islámicos, es decadente o alejada del verdadero dios. En esta cosmovisión del mundo se mueven los asesinos yihadistas y las escuelas salafistas que los forman. Es una actitud de “soberbia” teológica e intelectual que les lleva a celebrar los atentados yihadistas o cuando menos guardar silencio ante los mismos o no mostrar un mínimo rechazo.

En la actitud de convertir al islam a todo el orbe, el yihadismo ha golpeado en España, concretamente en Barcelona. Como lleva golpeando a las democracias occidentales desde 2001 –también en países musulmanes si los gobiernos en algún momento se apartan de la ortodoxia del Corán o con la intención de tomar el poder-. Y como somos una sociedad decadente a la que pretenden conquistar para luego redimir, no tiene sentido dar cobijo de forma indiscriminada a quienes nos quieren matar. Pero este argumento no es lo suficientemente plausible para aquellos que practican el buenismo y lo políticamente correcto. En toda España, pero sobre todo en Cataluña, por intereses políticos del nacionalismo, que no duda en sumar a su causa a todo musulmán de buena voluntad, han sido más hospitalarios que en ningún sitio, convirtiendo la región en un nido de salafistas. Por cierto, habrá que averiguar qué parte de responsabilidad ha tenido la descoordinación policial –buscada desde la Generalidad- en el atentado de Barcelona. Estamos hablando de una célula terrorista perfectamente organizada –con más de 12 miembros-, no de un lobo solitario. Y la policía española se maneja bastante bien en el control de estos grupos de potenciales terroristas.

Pero para la CUP esto no tiene nada que ver, la religión no influye. La causa del terrorismo islámico está en el sistema capitalista y la pobreza que genera. No están dispuestos a admitir que los países más ricos de la tierra –petroleros la mayoría- tienen como religión el Islam y no han sido capaces en 14 siglos de generar una clase media ni propiciar una ilustración que les proyecte al futuro. Cómo lo van a hacer si su credo no otorga el mínimo resquicio para la libertad humana ni a los derechos humanos básicos. Los representantes de la CUP son nacionalsocialistas –como lo era el entramado ETA– y pretenden utilizar el sentimiento nacionalista para llegar al poder, y el marxismo para, una vez en él, perpetuarse y moldear a la sociedad a su antojo, o más bien secuestrarla, cambiando leyes y controlando todos los resortes del Estado (medios de comunicación, justicia y fuerzas del orden); como estamos viendo en Venezuela.

Los cachorros de la CUP y los yihadistas tienen algo en común: les molesta el turismo. El terrorismo islamista ya ha arruinado las economías de Egipto, Túnez y Turquía, expulsando a millones de turistas. Los chicos de la CUP y sus franquicias de extrema izquierda en Baleares y levante español pretenden hacer lo mismo. Pues bien, ya no se tienen que preocupar por nada, el atentado de Barcelona les ha hecho el trabajo sucio. No quieren turismo, ni mundo global, ni modernidad, ni redes sociales, ni flujo cultural entre pueblos. Sólo defender sus “señas de identidad”, ya sean religiosas –en el caso de los islamistas- o políticas y culturales –en el caso de los nacionalistas-. Seguir viviendo en una caverna o anclados en el siglo X. A ETA le molestaba la autovía de Leizarán, porque abría puentes con España o con el resto del mundo. El contagio de ideas es peligroso. En realidad, lo que subyace a todo este asunto es el temor de estas élites a perder el control político e ideológico de sus sociedades, y que puedan ser contaminadas por nuevas ideas o simplemente por los valores democráticos y de libertad. Y en todo este proceso entra en juego la gran revolución tecnológica experimentada el en mundo en los últimos 20 años del siglo XX. La irrupción de la telefonía móvil e Internet hacen al mundo más pequeño. Regímenes dictatoriales que viven en la Edad Media todavía temen perder el control de sus sociedades, a las que tienen sometidas bajo postulados religiosos desde hace 14 siglos. ¿Cómo evitar que las nuevas generaciones de musulmanes quieran vivir como se vive en occidente, insertados en pleno siglo XXI? Por el mecanismo de acción-reacción. Buscando la reacción violenta de occidente para conseguir la autolegitimación de sus modelos sociales, políticos y religiosos. Buscar la unidad frente al enemigo exterior  que nos agrede, el occidente de cuna cristiana,  cuando occidente no debe perder de vista que el mundo cambió a raíz de los atentados de las Torres Gemelas en 2001. Allí empezó la acción que buscaba una reacción;  y la reacción de Estados Unidos no se hizo esperar, pero, en vez de encauzarla a través de sus servicios de inteligencia en operaciones de microcirugía militar que es como se ha de combatir al terrorismo, lo hicieron a gran escala -como matar mosquitos a cañonazos-, declarando la guerra a Iraq, bajo el pretexto de que el régimen de Sadam daba cobijo a terroristas y que podría utilizar armas de destrucción masivas. Dieciséis años después cabe reconocer que los USA han dado muerte a todos los líderes terroristas que pusieron en una baraja de cartas, aunque el tablero de la zona se haya desestabilizado.

El modelo democrático occidental que los USA pretenden exportar es completamente incompatible con el Islam. Y no parece que el futuro vaya en la dirección de una mayor democratización de los países musulmanes. El resultado de la primavera árabe ha sido decepcionante. No se han producido revoluciones, sino involuciones. Sin margen para la libertad humana no hay horizonte democrático posible porque es imposible apartarse de la ortodoxia del Corán. Los grupos fundamentalistas están ganando terreno en casi todos los países. Y lo peor de todo es que lo hacen espoleados por los crímenes que están cometiendo en Europa y en otros países musulmanes.