Málaga, ¿capital de España?

En 552 el imperio bizantino estableció aquí el centro de operaciones de Occidente convirtiendo a Málaga en una potencia económica.

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Hubo un tiempo en el que Málaga dominó política y comercialmente lo que, tras la caída del Imperio Romano en 476, se conoció como Spania. En 552 el imperio bizantino estableció aquí el centro de operaciones de Occidente convirtiendo a Málaga en una potencia económica. El emperador Justiniano, sabedor de las luchas intestinas entre reyes visigodos, aprovechó para restaurar el Imperio Romano de Occidente en la provincia de Spania. De esta forma, Málaga entró a formar parte, como centro político, de lo que hoy es España y Portugal, entonces imperio bizantino. Condición que perdurará hasta el 615. Su influencia como puerto mediterráneo fue indiscutible y el esplendor económico y cultural del que gozó, una realidad que perdura hasta nuestros días.

Hoy Málaga sigue manteniendo su impulso económico y cultural, pero con un peso institucional apenas testimonial. Las directrices nacionales de sucesivos gobiernos, favorecedoras del nacionalismo y el estado autonómico, dinamitaron una condición política a la altura de nuestra importancia económica. Las élites políticas malagueñas han abandonado a Málaga y a la ciudadanía a su suerte. Entender como ejemplo que esta provincia no es merecedora de una agencia europea así lo manifiesta. Decisión que viene precedida por negativas a una capitalidad compartida y al traslado de sede de organismos autonómicos y estatales. Dirigentes que dicen representar a los malagueños sólo por interés particular, ninguneando las aspiraciones legítimas de una tierra emprendedora curtida en un Mare Nostrum de oportunidades que emperadores como Justiniano supieron ver.



La cada vez más cerca reforma constitucional debe darnos a los malagueños la oportunidad de repensar la cuestión territorial en nuestro beneficio y no en el de otros. Málaga tiene entidad histórica e importancia económica suficientes como para abandonar indeseados compañeros de viaje. No podemos tolerar parches ni huidas hacia delante en forma de sistema federal si la visibilidad de esta provincia no es total, dejando meridianamente claro que es aquí y no en Sevilla donde deben tomarse las decisiones importantes que nos afecten.

El actual ocaso de las autonomías está demostrando muchas caras: por un lado, la corrupción corroborada durante años en comunidades como Cataluña, Andalucía, Valencia o Madrid con su desfalco añadido en embajadas y televisiones públicas deficitarias al servicio del cortijo; por otro, el uso de las regiones por nacionalistas catalanes y vascos para rivalizar con el Estado y poner en un brete al estado de derecho y a la unidad nacional, donde el ser español es ya un insulto y no motivo de orgullo como lo fue y debe serlo por una herencia histórica y cultural sin parangón en el mundo conocido.

En Málaga no debemos olvidar otra muestra más de esta decadencia autonómica, que ya en las encuestas toma forma de problema nacional (casi la mitad de la población pide eliminar autonomías). Hablo del centralismo. Cualquier cuestión importante relativa a Málaga siempre se filtra desde Sevilla y no hay toma de decisión en el gobierno andaluz en el que se prime el interés general de Málaga si no hay detrás perjuicios a los prevalecientes intereses hispalenses o pura matemática electoralista. Y todo de manera soterrada y justificada para que las verdaderas razones de la parálisis provincial no salgan a la luz. Con estos mimbres cómo podemos confiar en partidos que han impulsado y consienten este status quo inamovible que impide reconocer lo que económica y culturalmente fue y sigue siendo, en parte, una realidad: Málaga, capital de España.