La sonrisa del destino

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Según Pablo Iglesias, que Pedro Sánchez pueda gobernar con su apoyo, sería una “sonrisa del destino”. Algo parecido al “sueño eterno, que como viene se va” que nos cantaba Víctor Manuel en “la Puerta de Alcalá”. Porque es evidente que a los líderes de Podemos se les iluminan los ojos cuando piensan en una España sin clases y completamente laica, algo parecido a la Arcadia feliz,  que inspiró al propio Cervantes.

Nunca podremos negar a Pablo Iglesias su sinceridad. No oculta lo que persigue. Sus objetivos son claros y sabe perfectamente cómo tomar el cielo por asalto. Por eso se ha doctorado en marxismo, porque lleva toda una vida buceando en la historia y ha descubierto que el mecanismo que la rige es la lucha de clases, sin pararse a pensar en otras consideraciones. Se ha convertido en el macho alfa que ha de redimir a los pobres y desahuciados de este país, con un discurso antisistema, que incluso, están comprando miles de antiguos votantes socialistas, los cuales se sienten seducidos por la verborrea de un líder obrero que, por cierto, en los dos últimos años tiene el honor de haber entrado en un selecto club del que forma parte el 1% de los españoles: el de los más ricos que ganan más de 100.000 euros al año.



Cinco millones de españoles han votado en el siglo XXI a un partido leninista y antisistema, y eso sólo puede suceder en un país que jamás ha conocido el comunismo.

Desde luego, hay que reconocer que el marxismo siempre ha sido una ideología muy atractiva para sectores importantes de la sociedad. Explicar la historia enfrentando a grupos sociales es sugerente: señores feudales y siervos, privilegiados y no privilegiados, burgueses y proletarios, ricos y pobres, norte y sur… No lo neguemos, tanto en la adolescencia tardía como en la juventud, donde impera un punto de rebeldía, las teorías marxistas prenden bien. Y a esa tarea se han dedicado algunas universidades españolas en los últimos 35 años, al adoctrinamiento de miles de jóvenes en ideales izquierdistas que luego ha derivado en un vivero de radicales leninistas, o cuando no, de maoístas. Eso es fundamentalmente Podemos, el producto de algunas universidades politizadas por la extrema izquierda y encaminadas a destruir un sistema, del cual se han beneficiado. La universidad, en vez de enseñar a los jóvenes a pensar, les ha enseñado cómo deben pensar. Y la mayoría de las veces inoculando radicalismo y odio que suele degenerar en actitudes violentas.

Pero este nuevo marxismo es distinto al de otros tiempos. No ha tenido más remedio que doblar la cerviz y adaptarse a la realidad de que el capitalismo le ha vencido, económica y socialmente, siendo la gestación de la clase media su mayor logro. Por tanto, no busca como en el siglo XIX y XX acabar con el sistema capitalista por la vía revolucionaria, sino aprovechando los resquicios de libertad que le ofrece el sistema para acabar con él. Si las urnas son la máxima expresión de la soberanía nacional, y una muestra de la grandeza del sistema; para estos partidos constituye su mayor debilidad, porque aprovechan las garantías de un sistema en el cual no creen, para acabar con él, tal y como se ha producido en la Venezuela de Chavez y Maduro.

Desde luego que el caldo de cultivo que han encontrado ha sido el adecuado. En el contexto una de las peores crisis económicas que ha vivido España en toda su historia, los grandes partidos, como se suele decir vulgarmente, se lo han puesto “a huevo”. Nuestra democracia adolece de una gran inmadurez en su base y en algunos de sus supuestos. Un cóctel explosivo que comienza por una justicia politizada, por unos medios de comunicación que llevan 25 años entonteciendo a la población con programas basura, un sistema educativo que hace aguas desde 1991 y que  ha provocado la existencia de 2 millones de “ninis”, por la corrupción política, por la falta de democracia interna y de renovación en los partidos políticos; y la incapacidad de los mismos para reaccionar a tiempo, por el abandono de genuinos ideales en los discursos propios de cada partido –el PP abandonando sus ideales liberales y el PSOE las socialdemócratas-; todo ello ha contribuido al ascenso de un partido político como Podemos, a lo cabe sumar el más que demostrado apoyo externo de dos países para su financiación: Venezuela e Irán; además del apoyo mediático de algunas cadenas de televisión, en particular el de la cadena de televisión que Zapatero le regaló a Jaume Roures, propietario capitalista de La Sexta.

Cuando partidos populistas de extrema izquierda acceden al poder, lo hacen para quedarse por larga temporada. Saben tomar el poder y conservarlo, que es lo más difícil. Y lo suelen hacer ganando millones de adeptos con dinero público, una vez masacrada la clase media a impuestos. Equivocados están aquellos que quieren ver en Pablo Iglesias y en Podemos al PSOE de 1982, más moderado y socialdemócrata. Son antisistema y no lo niegan, y si alguien tiene que perder en este envite es la sufrida clase media española, que representa el mayor porcentaje de la población. Lo de obligar a los ricos a que paguen más es un mantra que repiten una y otra vez, pero los ricos representan un porcentaje reducido de población, cuyo capital suele estar a salvo. Bajo el pretexto de la búsqueda de la justicia social, sus políticas impositivas se convierten en asfixiantes para la clase media, donde la inversión productiva huye y el derecho a la propiedad queda amenazado.

Si legalizar el robo es buscar la justicia social, el resultado puede ser peligrosísimo, porque el derecho a la propiedad está consagrado en la Constitución, y es fruto del ahorro generado por el trabajo honrado de las personas, aunque ya sabemos que las mismas no suponen nada para un estado totalitario, que anteponen los intereses del Estado al de los individuos.

En otro orden de cosas, el populismo de extrema izquierda supone un peligro para la sociedad por su intransigencia ideológica y dogmatismo. En la base de su acción política está transformar la sociedad para imponer, entre otros, sus criterios laicistas sobre la misma, algo que contraviene la libertad, creencias y valores de millones de españoles. Porque no fue la Reforma Agraria, ni el ataque a la propiedad,  lo que llevó a este país a una guerra civil en 1936, sino fundamentalmente la cuestión religiosa. La intransigencia de aquellos que querían imponer su modelo laicista de sociedad contraviniendo las creencias de la mayoría. Los ataques a la Iglesia Católica y a su labor educativa fueron constantes.

Pues bien, todas las heridas abiertas entre 1931 y 1939 quedaron cerradas en la Transición, con una Constitución, que aún con sus defectos, ha garantizado la buena convivencia entre españoles durante casi 40 años –algo casi inaudito en nuestra historia, con un solo precedente en el sistema canovista-. Y Para que una Constitución sea cambiada ha de contar con el beneplácito de la mayoría, porque los que pretenden cambiarla sin el consenso debido, en el fondo pretenden acabar con España, imponer su pensamiento único y arrasar con el sistema de libertades.

 



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