La resaca electoral y la mayor gesta política de la democracia

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La resaca electoral se ha cobrado la primera víctima: Albert Rivera. Era previsible tras el estrepitoso fracaso de anoche. El líder catalán ha pagado cara su arrogancia y su ambición política. En ningún momento ha querido conformarse con el mandato que los españoles le confirieron en las pasadas elecciones de abril, que no era otro que facilitar el gobierno a Pedro Sánchez para no tener que depender de fuerzas independentistas. No se entiende este grave error político de Ciudadanos siendo un partido que presume de centrista y habiendo pasado por la experiencia andaluza de facilitar el gobierno a Susana Díaz. El señorito Rivera quería más, pretendía capitanear el centro derecha español y acabar con el Partido Popular, como si se pudiese derribar  en pocos meses a un partido de implantación nacional y estructuras de poder consolidadas desde hace años. La deserción de figuras destacadas en Ciudadanos como Toni Roldán y Javier Nart anticipaba la crisis que se les venía encima. Ciudadanos falleció anoche, y Pedro Jota Ramírez porta el catafalco.

A pocos puede extrañar lo sucedido con un partido de carácter coyuntural, que nació y se fortaleció  como válvula de escape de los grandes partidos –fundamentalmente el PP-, en el contexto de una de las peores crisis económicas de la democracia y ante los flagrantes casos de corrupción que salpicaban al bipartidismo patrio. Como el centrismo es la nada, la nulidad, la ausencia de principios o de principios cambiantes según sople el viento, el fuerte viento otoñal del 10 de noviembre ha barrido del mapa al partido naranja, como en su día fueron barridos la UCD y el CDS. Arrimadas se queda sola, y Toni Cantó también. Veremos qué son capaces de hacer, si antes no desertan y buscan acomodo.  

“Para este viaje no se necesitábamos alforjas”, dice el sabio refranero español. Ayer se consumó una nueva victoria amarga del PSOE. La ineptitud de Pedro Sánchez nos ha llevado a un nuevo proceso electoral en el que se ha vuelto a poner de manifiesto su torpeza y presuntuosidad. Ni siquiera ha sabido capitalizar el descenso en escaños de Unidas Podemos. Ha perdido tres con respecto a los pasados comicios de abril, y no ha podido captar ni un solo voto de Pablo Iglesias. Por semejante rédito electoral, no era necesario sacar a Franco del Valle. Y como a los muertos es mejor dejarlos en paz, pocos se libraron ayer de la maldición de “Tutanfrancón”. No son pocos los que piensan, desde círculos izquierdistas, que Franco votó ayer.

A pesar de la nueva mayoría social que en las urnas está optando por los socialistas, no deben bajar limpias las aguas en la sede de Ferraz. No hace falta ser muy listo para darse cuenta del petardazo que ha protagonizado el presidente. Buscarán excusas y explicaciones, pero no convencerán a nadie. El país sigue estando en una situación ingobernable, y no se puede estar solicitando continuamente que se deje gobernar a la lista más votada cuando hace años el PSOE no predicó con el ejemplo en Andalucía. Sí, aquellas elecciones que ganó el becario Arenas, y al que no dejaron gobernar.

Pedro Sánchez tiene una opción: echarse al monte con Frankestein, es decir, pactar con los partidos que quiere destruir España, pero ese puede ser su final político. Una fuerza arrolladora viene por detrás que no se lo va a poner fácil, y una nueva convocatoria electoral puede reflejar el rechazo de la sociedad española a su incapacidad para formar gobierno o a su posible transigencia ante los que quieren acabar con España. Los tiempos de la condescendendía con los nacionalistas deben tocar a su fin. Cabe negociar cambios en la Constitución y, de forma urgente en el sistema electoral, para que aquellos que quieran romper España desde dentro, beneficiándose del sistema, queden fuera del mismo. No es de recibo que partidos como ERC, con 700.000 votos,  consiga sentar a trece diputados en un Parlamento al que desprecian, y Ciudadanos, en cambio, con 1.400.000 sólo pueda sentar a diez. Cualquier país de nuestro entorno no dudaría en introducir los mecanismos necesarios para evitar el chantaje permanente de aquellos que quieren romper la Constitución Española y que no dudan en amparar la violencia para conseguirlo. No parecen descabelladas proponer leyes de ilegalización como las que en su momento dieron al traste con Batasuna. No es de recibo que grupos violentos campen a sus anchas por Cataluña, los llamados CDR, como tampoco lo es la legalidad de partidos que amparan y propician esa violencia.  

Y qué se puede decir del Partido Popular, que a pesar de un incremento considerable en número de votos y escaños, a costa de Ciudadanos, tienen motivos para estar preocupados. El Partido Popular no supo ni quiso propiciar la refundación ideológica del partido hace años, y empieza a pagar las consecuencias. La falta de democracia interna, la perpetuación de las mismas personas en el poder, la inacción ante los casos de corrupción, la mimetización ideológica con la izquierda en aspectos que son sensibles para sus votantes; todo ello, agitado en una coctelera, ha sido el desencadenante de la  gran deserción de voto que ha sufrido. El “arriolismo y el sorayismo” perpetuado en el tiempo, para proyectar una imagen centrista que les permitiera hacerse perdonar por la izquierda, ha abierto una vía de agua que amenaza con hundir la nave en los próximos años. Lo más preocupante para ellos: que han perdido a los jóvenes. El PP no ilusiona y los jóvenes lo saben.  

Y ahora toca hablar de VOX, el partido que está captando la atención de los jóvenes y que ha protagonizado la gran sorpresa de la noche electoral. Se trata de un partido político de corto recorrido en el tiempo –con apenas 12 meses de relevancia a nivel político-, pero que ha conseguido en menos de un año la mayor gesta política de la historia de España, como ha señalado su líder, Santiago Abascal. El gran mérito del partido que fundara Ortega Lara ha sido saber conectar de forma transversal con una parte importante del electorado español, y no solo de derechas. Sus mensajes, claros, nítidos y sinceros, han llegado calar en 3,6 millones de españoles, verdaderamente preocupados por los asuntos que VOX aborda en sus discursos: el independentismo en Cataluña, la inseguridad derivada de unas políticas migratorias irresponsables, la dudosa constitucionalidad de leyes que tienen que ver con la memoria histórica o el género, etc. Haría mal el partido del gobierno y sus medios afines si persisten en la idea de criminalizar a VOX y a sus votantes. Estrategias de este tipo producen el efecto boomerang hacia el partido que las practica. Llamar fascistas o ultraderechistas a casi 4 millones de españoles por haber votado a VOX no supera el aprobado en ningún tipo de análisis político serio que se haga sobre lo sucedido el 10 de noviembre.

Se trata de un electorado que ha dicho basta a la dictadura progre que, posiblemente, desde hace años, se sentía huérfano en el terreno ideológico porque ningún partido se ajustaba a sus creencias o sistemas de valores, unos valores que se inspiran, fundamentalmente, en el humanismo cristiano. Cuando esos valores son defendidos por líderes políticos con convicciones inquebrantables, de forma sincera, aunque no todos estén de acuerdo al cien por cien, la ciudadanía no tiene por menos que ofrecerles su confianza. Prueba de ello fue la defensa de la vida que hizo Abascal, ante cualquier supuesto, en el programa del Hormiguero, aun a sabiendas de que no todo el mundo iba a estar de acuerdo. O cuando en el debate televisado previo a las elecciones, Pedro Sánchez,  intentó provocar a Santiago Abascal, hasta en 5 ocasiones, tildando a VOX de ultraderechista, sin que el líder conservador, en ningún momento, entrara al trapo de la provocación. Tan solo habló de reconciliación nacional y de enterrar los odios del pasado. Habló del abrazo que se dieron nuestros abuelos, de ambos bandos, y eso era, posiblemente, lo que los españoles deseaban escuchar.

Los valores que defiende VOX han calado en gran parte de la sociedad española. No hace falta desgranar minuciosamente un programa electoral para que los ciudadanos, en un momento dado, puedan confiar en un determinado partido político. A veces les basta con sintonizar en un 70 u 80% de sus propuestas. Si las prioridades de los españoles son  la defensa de la libertad, de la nación española y sus símbolos, de sus fronteras, de la Constitución, de la Corona, del valor de la propiedad y el trabajo honesto; o la importancia de someterse al imperio de la ley; no resulta extraño que millones de españoles hayan confiado en VOX y lo hayan catapultado a la tercera fuerza política del país. Porque sus mensajes han sido fácilmente entendibles. Quienes defiendan claramente los citados principios, sin complejos, de ahora en adelante, gozarán del beneplácito de millones de españoles.







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