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Explosión Flamenca de Marta González y Verónica Hermans

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EXPOSICIÓN COLECTIVA (Fotografía y Pintura)
Autoras: Marta González y Verónica Hermans
Título: Explosión Flamenca
Fecha: del 12 de Agosto al 12 de Septiembre 2019
Inauguración: 12 de Agosto a las 20h
Lugar: Hotel Ilunion Málaga (Paseo Marítimo Antonio Machado, 10)

Presentación autoras de Explosión Flamenca: 

Marta González Villaespesa es una apasionada por capturar momentos y emociones espontáneos, es fotógrafa oficial de los eventos Dancing Star Events lo que da la oportunidad de capturar estas magníficas instantáneas. 

Su Colección Foto Flamenca consta en su totalidad dentro del espectáculo, no son posados, no conoce las coreografías, ni el movimiento de luces que habrá en cada actuación, la cual solo dura unos escasos 3 minutos, lo que hace su obra aún más espectacular.

Verónica Hermans. Dibujante, viajera y comunicadora.

Tras una vida trabajando como comunicadora en el campo de la cultura, el arte y la música, hace unos años cambió la pluma y los micrófonos por los pinceles y desde entonces sigue comunicando, pero esta vez a través de sus ilustraciones y acuarelas.

Como todos los artistas y comunicadores no gusta hablar de sí misma ni de su obra, es difícil hacerlo.. nos dice… (en casa del herrero cuchillo de palo) , pero considera que sus dibujos hablan por sí mismos, de estados de ánimo, sensaciones, de nuestra sociedad, a veces dura, a veces reivindicativa, a veces dulce. 

Mientras explora el mundo del arte desde la perspectiva del artista, lo único que tiene claro es que hay mil técnicas para plasmar sobre un papel momentos, escenas, conceptos, ideas, de todos esos métodos su favorito es la acuarela. El color flotando en el agua.  Quiere dar forma a lo visto, sentido o soñado, y para ella es un instinto y una necesidad vital, mientras sabe que tiene aún mucho camino por recorrer.

Reseñas del crítico de arte Pablo Carrascosa González: 

EXPLOSIÓN FLAMENCA: LA CUEVA DE MARTA GONZÁLEZ

Antes de adentrarse en la forma de ver el flamenco de Marta González, conviene hacer un ejercicio de visualización. Estás al exterior de una cueva pintada de blanco, de difícil acceso pero próxima a una ciudad de pasión y ruido, o, si quieres, a punto de aparecer en un local de los que llaman peña flamenca.

A medida que te aproximas, se oye un rumor. Sigues acercándote y el rumor se convierte en un sonsonete que va adquiriendo una lógica que habrá que desentrañar. Ya en la puerta, el sonido es el de una música elevada: el canto que puede parecer exagerado sin serlo, el rasgueo feroz de las cuerdas de la guitarra que habla entre lloros y mandatos, el ritmo de tacones y de palmeo que va marcando el tiempo con subidas y bajadas.

No es fácil quedarse afuera sin que asalte la tentación de entrar en el habitáculo. Es la necesidad de vivir enteramente la explosión de la zambra, la unión apabullante de música, baile e imágenes. El cuerpo, tu cuerpo, tus ganas de vivir, necesitan esa experiencia única, tan imprevisible como oculta.

Ya has pasado al interior de la cueva de Marta González. Tu mismo torso vibra, a los pocos segundos, con la algarabía que crece en tu imaginación a la vista del arte fotográfico de Marta. Oyes, queriendo o sin querer, el bellísimo bullicio que atrona creciendo, bajando.

Las figuras se alzan, se contonean, se ven coronadas con rostros adustos, desafiantes, poseídos del duende artístico que, una vez arrebata al artista, no lo puede abandonar. Tus ojos se quedan fijos en los cuerpos que o bien no dejan de moverse o bien permanecen nerviosamente inmóviles como a la espera del siguiente relámpago al que sobreviene el trueno del quejido.

Es el cielo de tormenta, negrísimo, el que sirve de escenario a las figuras hechizantes, el mismo cielo en el que estallan el estruendo y el fulgor de fenómenos que no se sabe si son inventos humanos o de la naturaleza. Pero son humanos: con la ayuda de la furia y del ingenio, son los pasos medidos del arte flamenco, las notas elevadas del cante jondo y también la costura arrebatadora de mantos, vestidos, zapatos, tacones y hasta claveles.

Antes de que tú accedieras a la cueva, ya estaba Marta ahí dentro para no perder detalle. Te ha preparado todo un espectáculo de forma que no tengas otra salida que sentir el estremecimiento de una actuación ensayada mil veces.

Lo tienes muy fácil con las impactantes fotografías de Marta González. Al final, quizá acabes aplaudiendo marcando el ritmo con tus manos una vez hayas terminado de pasar apasionadamente la vista por sus imágenes. Esto es: cuando estés en la calle, al exterior de la cueva o de la sala de exposiciones, seguirás dando palmas.

VERÓNICA HERMANS O EL ESCENARIO DE LOS SENTIMIENTOS

No consta la edad de Verónica Hermans ni su lugar de nacimiento ni mucho menos su estado civil. Ni falta que hace: todo lo que concierne a esta artista, anotada con todas sus letras el vocablo que designa a esta alta categoría de persona, se encuentra, sin engaños, en su obra original e intransferible. Gracias a ella, sabemos que es una artista de la edad contemporánea, una historiadora de la belleza captada en las convulsiones de nuestro tiempo.

Los cuadros de Verónica hablan de las primeras décadas del siglo XXI mejor que un ceñudo reportaje de un semanario y, con más fidelidad que una tesis sociológica, reflejan las transformaciones actuales en los cuerpos de los habitantes de un planeta más zarandeado que nunca.

Es sabido que es en la vida de los humanos donde suceden las grandes catástrofes naturales, los más devastadores terremotos y también los efectos de la más armónica marea que descubre un extenso tramo de playa sugerente y seductor.

Estas casi dos décadas de nuestro siglo se están construyendo sobre los cuerpos de la mujer, como nunca antes, como ya iba siendo hora. Los cuerpos limitan y expanden los sentimientos, los mismos que, respondiendo a las transformaciones del entorno, explotan con desconfianza o miran con amor, igual que hacen en los retratos de los cuadros de la artista.

Tenemos a Verónica para retratar los cuerpos, sobre todo, femeninos, que vienen a representar nuestros años; tenemos a Verónica entregándonos su pincel veloz, medido y vigoroso a la vez, que nos inunda de perfiles claros, colores ardientes, fondos intensamente suaves.

No hace falta un cronista social para transmitirnos lo que pasa o lo que nos pasa: tenemos, queda dicho, a Verónica Hermans y a su insólita obra para comprender, sin palabras siquiera, lo que nos rodea y lo que, quizá inconscientemente, estamos viviendo o deberíamos vivir de manera intensa.

Gracias, Verónica, por tu inagotable comunicación. Gracias por dejarnos tenerte.







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