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Épica y ética en el deporte

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Lo reconozco. No me gusta el fútbol. Hace años tuve una interesante discusión con un amigo sobre este deporte

Para mí, el fútbol no destaca por su belleza ni por su promoción de los valores más elevados del deporte. Su atractivo, desde mi punto de vista, reside en otras cosas, que mi amigo y yo coincidimos entonces en denominar “épica”. La épica del fútbol.

Pensadlo, ¿qué hace que un partido sea memorable? ¿Por qué los partidos más emocionantes son aquellos en los que hay remontadas imposibles, infracciones dudosas, expulsados, o se decide la suerte (¡la suerte!) en los penaltis? En el fútbol, un equipo que se cierra atrás y juega feo, puede ganar con un gol de rebote en el último minuto. Un equipo que juega duro, o sea, sucio, puede ganar un partido en función del criterio arbitral ¿Hasta qué punto la subjetividad y los errores de los árbitros forman también parte de esta “épica”?

La incertidumbre con respecto al resultado final, ese espacio gris extradeportivo en el que la injusticia y el agravio son posibles, son parte de lo que seduce y atrae a las masas. Porque el fútbol permite a cualquiera tomar partido. El fútbol es algo personal. Todos podemos ser árbitros, entrenadores y jueces en este espacio gris. La polémica es parte de la épica en algunos deportes, pero es en el fútbol donde se percibe con mayor claridad.

La tecnología actual permitiría resolver estas polémicas en segundos, pero eliminada la duda, eliminada también la discusión, la polémica… y la épica. ¿Qué gracia tendría un derbi sin discusión de las jugadas dudosas, sin goles en el último minuto, sin remontadas? Está bien. Un derbi con gran fútbol sería también memorable. Pero es incontestable que la épica en este deporte, se nutre frecuentemente de la incertidumbre, de la injusticia, de la posibilidad de que todo se pueda ganar o perder en un segundo, de la posibilidad de lo imposible.

¿Qué es la épica?

Cada fin de año, nuestros televisores se inundan de resúmenes de noticias y recopilaciones de momentos estelares. Buena parte de este material se nutre de imágenes épicas de acontecimientos deportivos, que nos maravillan e inspiran a todos, independientemente de nuestras ideas y gustos. La épica del deporte tiene algo especial que lo hace atractivo incluso a personas a las que no les gusta el deporte o que no se sienten deportistas. La épica nos iguala en nuestro fascinación por lo que un ser humano puede llegar a conseguir. La épica nos rinde ante su belleza intemporal.

Pero ¿qué es la épica? ¿Cuál es el ingrediente que convierte un acto cotidiano en algo épico? y ¿qué tiene el deporte en particular para generar momentos épicos que inspiren a personas tan distintas? Ya os he comentado que en ocasiones, y en particular en el fútbol, la polémica alimenta la épica del deporte. Pero existen otros factores.

La RAE define épica como algo “grandioso o fuera de lo común”. Y pone como ejemplo “un esfuerzo épico. Una comilona épica”. En su propia definición se menciona el esfuerzo, un valor esencial del deporte. También se hace alusión al exceso, entendido como superación de las barreras de lo cotidiano, de lo “normal”. Así es, vivimos la épica cuando vemos que es posible trascender las limitaciones de nuestro cuerpo y de nuestra mente, cuando se bate un récord, cuando alguien lleva el esfuerzo a un terreno desconocido, cuando borramos de un plumazo los límites y de pronto todo es posible, cuando el sufrimiento forma parte de la victoria. Algo es épico cuando excede nuestra comprensión y nos saca de la normalidad. El esfuerzo al límite, el exceso, nos inspira.

Otro componente esencial de la épica es la competitividad. Los grandes rivales en el deporte han escrito las páginas más memorables de la historia deportiva. Sólo se puede empujar hasta límite cuando otro nos lleva hasta él. La foto finish, el gol en el último minuto, la muerte súbita, forman también parte de la épica deportiva.

Justicia, épica y espectáculo

La épica se alimenta frecuentemente de una particular interpretación de la justicia, en la que deseamos que el débil gane al fuerte, en la que es posible equilibrar el karma por unos instantes: el mito de David y Goliath, la idea poética de que el débil puede y merece llegar a lo más alto. En otras ocasiones, el concepto de justicia se amolda para acomodar la épica: el fuerte merece una lección…sólo por ser fuerte. Nos produce satisfacción ver como un “grande” pierde, aunque no lo merezca. De alguna manera esa injusticia nos parece justa.

En definitiva, en la épica deportiva confluyen muchos elementos que se sustentan en la emoción y que a veces no tienen nada que ver con los valores tradicionales del deporte. Me refiero a valores como la igualdad de oportunidades (¿por qué es épico que alguien juegue lesionado, o jugar con menos jugadores?), el fair play, la generosidad o el trabajo en equipo. En la épica tampoco brillan valores como la templanza, la elegancia, el trabajo discreto y la constancia. Son valores aburridos, poco televisivos. Los grandes campeones deben ser mediáticos. Al público le interesa la épica entendida desde el punto de vista del espectáculo. Es visual, es emocional. Se centra en el resultado y en el sufrimiento para conseguir ese resultado. Un equipo que gana fácil, un campeón que trabaja discretamente y gana sin aspavientos ni récords, no es noticia. Lo heroico debe provocar emoción y controversia. La épica, vende.

Los hermanos Brownlee

El comportamiento de los hermanos Brownlee encaja perfectamente en este patrón. Son atletas que siempre se llevan al límite, tanto en lo deportivo como en lo extra deportivo. Y están envueltos en la polémica. En la última prueba de las series finales del campeonato del mundo en distancia olímpica de 2016, Alistair Brownlee llevó en brazos a su hermano Jonathan hasta la meta. Jonathan se había quedado parado a 200m de la meta después de sufrir una pájara.

Las imágenes dieron la vuelta al mundo. Jonathan perdió el campeonato pero la ayuda de su hermano le dio el subcampeonato. Han sido puestos como ejemplos de épica del deporte, donde el esfuerzo y la superación se llevan hasta al extremo. Y se ha criticado a los que han cuestionado la legalidad de su maniobra. Lo asombroso es que casi nadie haya cuestionado su moralidad.

En nuestro club promovemos valores como el esfuerzo y la superación, pero desde una perspectiva muy distinta. No promovemos la competitividad feroz, a cualquier precio, ni la relativización de las normas para conseguir un objetivo. Nosotros creemos en los valores por encima de los titulares. Las normas son inequívocas: ningún atleta puede recibir ayuda externa. Algo no funciona si las normas se cambian en función de nuestros intereses. Y lo que es peor, si creemos que deben cambiarse esas normas por la supuesta belleza de un momento. Por la foto. Por la épica.

No veo nada admirable en el comportamiento de los Brownlee. Fue un comportamiento ilegal, imprudente, egoísta y que apeó del subcampeonato a un triatleta español que no recibió ninguna ayuda para terminar la misma carrera. Una carrera en la que el propio Alistair codeó al aspirante al campeonato, Mario Mola, para quitarle las gafas y hacerle perder contacto con el grupo delantero.

Ética vs épica

Algunos utilizan un concepto muy futbolístico para justificar esta clase de comportamientos: lo llaman “picaresca”. Yo lo llamo hacer trampa. Se llama engañar y hacer lo que sea posible para obtener una ventaja sobre el otro. Esta laxitud en el cumplimiento de las normas, esta pobreza ética, ataca el corazón y la pureza del triatlón, una competición en la que los deportistas compiten en condiciones de igualdad y donde debe ganar el mejor, sin atajos.

Así es como entendemos el deporte en el US3. Ética del deporte frente a épica del deporte. De nuevo, la RAE define ética como el “conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida”. Por esto nos interesa el triatlón, porque nos hace mejores y fundamenta nuestros valores no sólo deportivos, sino profesionales y cívicos. Nos interesan los comportamientos que nos engrandecen y nos inspiran. Nos interesan las buenas personas.

No veo nada heroico en hacer trampas para tomar un atajo hacia la victoria. A Jonathan le llevaron en brazos a meta, poniendo en riesgo su salud. Su hermano, Alistair, no se jugaba nada. No tenía nada que perder. Sería interesante ver qué hubiera hecho Alistair si empujando a su hermano hubiera perdido el campeonato del mundo. Eso sí sería épico.

Xavier Jardí

Ironman Finisher

Presidente de US3 International Triathlón Team