El desafío independentista

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La historia de España puede cambiar. Y la sociedad española tendrá que acostumbrarse a ver cosas que nunca vio y para las que posiblemente no está preparada –tampoco sus representantes políticos-. En tiempos difíciles es cuando se mide la fortaleza moral y política de una nación, y mucho me temo que la nueva hornada de políticos españoles y gran parte de la sociedad no está preparada para hacer frente al desafío que se nos viene encima. Es una debilidad común a las generaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Europa, habituadas al estado del bienestar y que ha olvidado fácilmente los tiempos difíciles por los tuvieron que transitar las generaciones que les precedieron, en la primera mitad del siglo XX.

Este país jamás ha conocido un periodo superior a 40 años de paz social y política. El primer presidente de gobierno en conseguirlo fue el malagueño Antonio Cánovas del Castillo, cuando hizo posible el regreso de los Borbones a España, en una etapa de nuestra historia que se conoce como Restauración (1874-1931). A pesar de los vicios de aquel sistema político, existe consenso entre los historiadores en señalar como logro del mismo, la paz social alcanzada, tras décadas de guerras civiles y conflictividad política.



Hubo que esperar a la Constitución de 1978, en plena Transición Política tras la muerte de Franco, para lograr de nuevo un periodo de reconciliación, prosperidad y convivencia pacífica entre españoles digno de ser tenido en cuenta. La clave fue la capacidad que demostraron los actores políticos del momento para llegar a puntos de encuentro que implicaban la renuncia a programas maximalistas en aras del entendimiento y del respeto por el adversario político.

La Constitución que emanó de aquel espíritu de consenso –aún con sus aspectos discutibles- fue votada de forma abrumadora por los españoles, y Cataluña fue una de las regiones que más se distinguió por su apoyo a la misma. Hasta los partidos nacionalistas, a excepción de ERC, votaron a favor de la Constitución. Es por eso que no se pueden cambiar las normas de juego de forma unilateral, por el capricho de una élite política corrupta, porque es completamente ilegal en el actual marco jurídico. Y porque la unidad de España es anterior a la actual Constitución. El primer Estado-Nación de Europa con 500 años de historia.

Los que pretenden arrastrar a la sociedad catalana hacia el precipicio son golpistas que buscan situarse por encima de la ley, por ello merecen el desprecio de los españoles y me atrevo a señalar que de una mayoría de catalanes. Y no solo el desprecio, sino también la contundencia judicial y policial. Al Estado español le ha echado un pulso una élite política golpista, y en estas circunstancias, no hay término medio, o vence el Estado –que representa a millones de españoles que expresaron su voluntad en las urnas- o vencen los golpistas. Y si vencen estos últimos, el Estado de derecho será dinamitado y por supuesto la cohesión territorial de España, con visos de empeorar, ya que las fuerzas disgregadoras están presentes en otras comunidades autónomas.

Estamos ante una doble ofensiva que intenta destruir España, por un lado el desafío independentista, y del otro un proceso revolucionario puesto en marcha para conseguir la balcanización de España y la instauración de una república de corte marxista, no sólo en Cataluña, sino en todo el país. Esta idea seduce a muchos, de ahí cierta complicidad en algunos sectores políticos que actúan en contra del sistema. El sujeto que mueve estos hilos se llama Pablo Iglesias Turrión, que tiene ante sí una nueva “sonrisa del destino”. La primera no le fue propicia en las urnas-, y ahora aspira, en este envite independentista, a alcanzar de nuevo el cielo por asalto. Tanto Podemos como el PNV están a la espera de recoger las nueces que caen del árbol del independentismo catalán.

La desestabilización política y social que pueden provocar los actos de sedición y de rebelión es el caldo de cultivo perfecto soñado por todo marxista, para sacar adelante su proyecto antisistema, que no es otro que derribar el ordenamiento jurídico emanado de la Constitución de 1978 para imponer otro de corte totalitario a imagen de sus ideas políticas –tan presentes en la dictadura bolivariana-. Una nueva Constitución que secuestre a gran parte de la sociedad, representada en la oposición política, algo similar a lo que está sucediendo en Cataluña y que se podía agravar en caso de que el proceso independentista triunfara. 

Pero sigamos con el independentismo, cuyo mal originario es el nacionalismo. El nacionalismo es una enfermedad transversal, corrosiva, que corrompe a distintos sectores de la sociedad por igual. En el caso de España no tienen ninguna razón de ser, ni por motivaciones históricas ni por agravios comparativos. Son rotundamente falsos los postulados propagandísticos que utiliza el nacionalismo catalán en contra de España. Ni los del pasado ni los del presente se atienen a la realidad. Cataluña siempre ha formado parte de la unidad de España –a excepción de un breve paréntesis de nuestra historia en que se echaron en brazos de Francia para luego retornar a España cabizbajos-.

En tiempos de los Reyes Católicos Cataluña formaba parte de la Corona de Aragón. Dicho territorio, durante la Edad Moderna, gozó de cierto dinamismo económico. Su prosperidad la basaban en la actividad comercial por el Mediterráneo. En el siglo XIX Cataluña se distinguió por tener una burguesía próspera que gozó de privilegios por parte del Estado central,  con políticas proteccionistas hacia sus productos en perjuicio de los ingleses que los ofrecían a más bajo precio. Con las citadas políticas arancelarias se beneficiaba al empresariado catalán en perjuicio de la inmensa mayoría del pueblo español. El carácter reivindicativo de las élites políticas catalanas siempre les rindió rédito político y económico, hasta el punto de que durante el franquismo se situó en Cataluña uno de los polos de desarrollo industrial. Por no nombrar los beneficios obtenidos en democracia a través del chantaje perpetuo a los distintos gobiernos a cambio del apoyo político para aprobar los presupuestos del Estado. A pesar de ello, el resto de España solo ha recibido insolidaridad, desprecio y reproches por parte de los nacionalistas más recalcitrantes.

El nacionalismo fue una doctrina política surgida en el siglo XIX, que en el caso de Cataluña surgió de las élites políticas y burguesas, no del pueblo, aunque con el paso del tiempo haya conseguido afectar, cada vez más, a un mayor volumen de población. Nunca ha sido un sentimiento mayoritario del pueblo catalán, que en todo caso, a finales del siglo XIX y comienzos del XX se inclinaba hacia posturas más regionalistas,  que nacionalistas. La defensa de una cultura catalana en el marco de un movimiento cultural llamado Renaixença, que más tarde derivaría en reivindicaciones políticas.

El espíritu nacionalista comenzó siendo una cuestión minoritaria con la que los gobiernos de España no supieron lidiar en sus orígenes. El apoyo al nacionalismo fue creciendo a lo largo del siglo XX, pero nunca logró superar la adhesión del 30% de la población. El independentismo, en las mentes de los nacionalistas, era más una quimera utópica que algo posible. El desarrollo de la idea independentista dentro del nacionalismo es algo que se viene fraguando con más intensidad desde los últimos 25 años. Hemos de estimar que, según Miquel Siguan, sólo el 51 % de los habitantes de Cataluña, en 1986, tenían como lengua materna el catalán. Si durante esos años el apoyo social al nacionalismo seguía siendo bajo, hoy en día, la cifra, vinculada a opciones independentistas, ronda el 49%; debido a una política errática y de constante cesión de competencias educativas por parte del Estado español. Y no se debe culpar a un determinado partido político sobre el ascenso del independentismo, porque entre todos la mataron y ella sola se murió. Muchos aluden a que los gobiernos del PP encrespan los ánimos de los nacionalistas, y que ahí está la raíz del problema; pero no es del todo cierto, ya que el apoyo al independentismo también ha crecido de forma exponencial en antiguos votantes socialistas, entre los cinturones obreros de Barcelona y otras zonas de Cataluña. El coqueteo del Partido socialista catalán y de los votantes que los sustentaban con los nacionalistas ha sido una constante en los últimos 20 años. Es el gran problema del PSOE en los últimos años, la mimetización con el nacionalismo, que no saben cómo solventar aun siendo conscientes de la repercusión de estas políticas a nivel nacional. La encrucijada a la que se enfrentan es si cortar o no los nexos de unión con aquellos que nos les permite tener el mismo discurso en todas las comunidades de España. El socialismo español no supo extirpar a tiempo la gangrena del nacionalismo en su propio partido en Cataluña, y esa gangrena está devorando todo el cuerpo, desde hace tiempo. En el momento actual de crisis política tienen una oportunidad histórica para convertirse en el partido de masas que siempre fue, si se rodearan de la bandera española, pero no lo conseguirán si no se alejan de los postulados marxistas que últimamente le seducen ni del coqueteo con los nacionalistas. Es un partido preso del discurso nacionalista y “podemita”. No se es más democrático ni tolerante por estar todo el día pidiendo diálogo con aquellos que no quieren dialogar –al final ese diálogo se traduce en concesiones económicas que suponen un agravio para el resto de España-; y que no están dispuestos a hacerlo porque desde hace tiempo están en otra onda, la onda de la independencia. 

La patología nacionalista está por encima de ideologías políticas y colectivos sociales. Como enfermedad contagiosa que es, en los últimos 150 años ha conseguido infectar al mundo de la política, de la empresa, de los sindicatos, de la educación, de la cultura, del deporte y hasta a la Iglesia. Porque parte de la Iglesia no ha sabido estar a la altura. Más de 300 sacerdotes catalanes han firmado un manifiesto pro-referendum de independencia. Lo enmascaran bajo el derecho a poder votar, como apariencia de ejercicio de democrático. Estos sacerdotes se han puesto al nivel de Guardiola. Deberían recordar que su principal misión, por vocación, es poner a Dios en el altar, y no a la nación, tal y como en su día sugirió San Juan Pablo II refiriéndose a la Guerra de Yugoslavia.  Que un sano patriotismo está bien, pero no es de recibo defender una ideología  xenófoba que pretende saltarse la ley a la torera. Una ley justa, que con aspectos mejorables, fue votada por todos los españoles. No se puede comprender la llamada de un sector del clero catalán a saltarse la ley. Con el actual ordenamiento jurídico, el referéndum es ilegal. Tampoco se entiende la ambigüedad de la Conferencia Episcopal Española sobre este asunto.   

España no ha conocido en su seno un nacionalismo centrípeto como Alemania o Italia, su desdicha ha sido conocer uno de índole centrífuga y disgregadora, que preconiza la xenofobia, el supremacismo y el victimismo para alcanzar su objetivo. Al mismo tiempo, utiliza la alienación de las masas y la propaganda política para amedrentar a los disconformes e indecisos; y lo hace además, con dinero de todos los españoles. Métodos sin duda totalitarios, al mismo nivel de los utilizados por el nazismo en Alemania. Por estos motivos el Estado español es bastante responsable de lo que ha sucedido en los últimos 40 años, donde ha imperado el “buenismo” y las políticas de concesiones pensando que el nacionalismo – de naturaleza insolidaria e insaciable- iba a moderar su postura. Los distintos gobiernos de Madrid, tanto de PSOE como de PP, se han visto obligados a ceder al chantaje nacionalista a cambio de la aprobación de los presupuestos del Estado; cuando lo más factible hubiese sido llegar a pactos de Estado entre los grandes partidos antes que ceder al chantaje. Una quimera dada la naturaleza de la política en España.

¿Qué puede suceder a partir del 1 de octubre? No lo sabemos. Pero de algunas cosas debemos estar seguros:

  1. Un Estado democrático no se puede dejar tumbar por el desafío de un grupo político totalitario de base anarquista y pistolera –eso es la CUP-. Ya no es la independencia de Cataluña lo que está en juego, sino la democracia española.
  2. Si el Estado de Derecho actúa de forma policial, hemos de pensar que lo hace para defender la Constitución y en contra de los que la quieren vulnerar. Se detendrán a delincuentes, no a independentistas. Los independentistas han cruzado el Rubicón. Del derecho a la libertad de expresión han pasado a saltarse las leyes de la democracia.
  3. Llegado el momento, si el independentismo no da marcha atrás antes del 1 de octubre, el Gobierno de España tendrá que aplicar al artículo 155 de la Constitución, que le faculta para tomar las riendas de la Comunidad Autónoma Catalana, sin miedos ni complejos, y contando con el apoyo de la inmensa mayoría de españoles.  
  4. Si el gobierno catalán declara la independencia de forma unilateral, y el mantenimiento del orden público no fuese posible, el artículo 8 de la Constitución garantiza que el Ejército tiene la obligación de defender la integridad territorial del país y de la Constitución.

Los españoles debemos estar preparados para cualquier escenario que se pueda presentar. La ruptura de España acarrearía consecuencias económicas y políticas desastrosas para Cataluña y el resto de España. Ojalá entren en razón aquellos iluminados que pretenden buscar la independencia de Cataluña con un 49% de apoyo popular –según las últimas elecciones catalanas-. Ojalá no sea necesario el uso de la fuerza, a pesar de los radicales vinculados a la CUP y de los antisistemas que anuncian su llegada a Cataluña. Ojalá desistan de su intento los que pretenden pasar por encima de la democracia española. La historia  los juzgará severamente porque Cataluña nunca fue una colonia de España –que es un país democrático- y por ello no puede esgrimir el derecho de autodeterminación expresado en la ONU para las colonias con respecto a sus metrópolis. Lo de Cataluña, una auténtica locura, una huída hacia delante de un élite política que se ha liado en la bandera independentista para tapar sus desmanes económicos en la región y su enorme corrupción.