El ciego que quería ser el Pavarotti de Málaga

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Fecha del Suceso: 28 de Septiembre de 1886

Ubicación: C/ Compañía

Fecha de la Publicación: 29 de Septiembre de 1886

Periódico: La Unión Mercantil

A lo largo de mi animada existencia, he conocido a más de uno que ha estado a punto de morir atropellado por ir ciego por las calles de Málaga. Pero claro, no me refiero a ciego por la invidencia, sino por empinar el codo más de lo aconsejable. Y es que aunque la “biblia” del alcohólico reza: “bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces”, el exceso de alcohol en sangre puede deparar desagradables sorpresas.

Pero regresando al tema que nos ocupa, la invidencia, hay que resaltar que mezclar a esta con el cante también puede ser peligroso. Málaga, eso no lo duda nadie, es tierra de grandes artistas vocales. Como muestra, han quedado para la historia los enrevesados gorgoritos del genial Antonio Molina. El tío parecía tener los pulmones de la ballena que se tragó a Jonás.

Situémonos ahora en una noche concurrida y cálida de inicios de otoño, en plena calle Compañía. Un buen número de ciudadanos paseaba por el centro histórico, disfrutando del agradable clima y de los encantadores rincones de la capital.

De pronto, un ciego irrumpe en la escena. Se sitúa, sin saberlo, en mitad de la vía, por donde de vez en cuando circulaban los carruajes. El invidente se irguió, sacó pecho, colocó la mano derecha sobre la zona del corazón, miró, sin ver, al cielo, carraspeó dos veces, y se lanzó por peteneras.

Se desconoce la copla que cantó, o si la interpretó en alemán como Imperio Argentina cuando recitó ante el führer. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que, en mitad del improvisado concierto, un carruaje se cruzó en su camino. Entre que el conductor iba medio dormido, que el ciego era delgado y ocupaba poco espacio, y que la gente se apartó sin advertir a este último (quizá como venganza por sus gallos y desentonos), no se pudo evitar la tragedia. El invidente fue arrollado, y si se salvó de ser completamente pisoteado, fue porque el que dirigía a los caballos se percató a tiempo, agitando las bridas para que los animales giraran de manera abrupta.

Acabó el ciego con un brazo aplastado, y el conductor con contusiones al haberse caído del carruaje. Pero, por suerte, nada más que eso. Además, el invidente tendría que haber dado gracias a Dios de que el accidente se hubiera producido a finales del siglo XIX y no en la actualidad. Un todoterreno lo hubiera dejado planito, planito.

Está claro que con un ciego como este, el Lazarillo de Tormes se hubiera puesto las botas.

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