El caso de las monedas malagueñas falsas

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Fecha del Suceso: 16 de Noviembre de 1894

Ubicación: C/ Camas, 1 – 3 y C/ del Agua, 32

Fecha de la Publicación: 17 de Noviembre de 1894

Periódico: El Expreso

Miguel Sánchez, como buen trabajador que era, abrió su tienda de comestibles bien temprano. A las ocho de la mañana, mientras miraba a la gente pasar por calle Camas, vio entrar en su negocio a Isabel García Méndez, una joven lozana y soltera de veinte años, natural del pueblo granadino de Cúllar. Con ojillos libidinosos, el tendero la vio contornearse como tantas otras veces hasta llegar al mostrador.

-Déme usted pan y pescado en buena cantidad.

“En buena cantidad te daba yo a ti otra cosa”, pensaría el lascivo caballero. Pero como esas ideas, si bien están permitidas en pensamiento, no lo están tanto de palabra, se las guardó para sí. Extrañado ante la esplendidez de aquella compra, ya que Isabel solía pedir lo justito, hizo entrega de todo dentro de la cesta que la muchacha portaba. La chica pagó con una moneda de a peseta y se marchó. Mientras caminaba hacia la salida, Miguel quedó prendido de su trasero, sin prestarle atención a la moneda, que depositó en la rústica caja de caudales.

Pocos minutos después, y ante la sorpresa del dueño del establecimiento, Isabel volvió a entrar, pidiendo otra buena dosis de productos alimenticios, abonando de nuevo con otra moneda idéntica. “Qué raro. Si hasta ayer me pagaba la hierbabuena a plazos.”, se dijo el tendero.

Esta vez, desdeñando el trasero de la chica, fijó su mirada en la moneda. “Pero, ¿Alfonso XIII no tenía bigote? Este sale afeitado”. Pensando que allí había gato encerrado, puso el asunto en conocimiento del cabo de la Guardia Civil municipal Francisco García Cerón, y del también guardia Salvador Aguilar. Entre ambos detuvieron a Isabel García, con su trasero a cuestas, siendo conducida a las dependencias de San Agustín.

El comandante Jiménez fue el encargado de interrogar a la mujer en torno a la procedencia de aquellas monedas. Ya fuera por miedo o por presión, Isabel cantó La Traviata con sus tres actos enteritos. El dinero se lo habían entregado Antonio Molina Ventaja, que si bien tenía un nombre muy musical, no era dado, como el otro, a los trinos y modulaciones vocales, y su esposa, Carmen Conejo Madrona. Cuarenta y seis y treinta y dos años respectivamente tenía la pareja, con la que Isabel convivía en calidad de váyase a saber qué, ya fuera como asistenta del hogar o por otras cuestiones que ni nosotros sabemos ni a usted le importan.

Jiménez se puso en marcha ipso facto, acompañado por los cabos Antonio y Fernández López, el ya mencionado Francisco García Cerón y algunos otros guardias, personándose en la calle del Agua, donde habitaba el matrimonio.

Una vez dentro de la vivienda hicieron un registro de la misma, encontrándose en una de las habitaciones unos elementos ciertamente curiosos: cuarenta y una monedas de cinco pesetas del año 1885, con el busto de Alfonso XII, dos monedas de a diez céntimos que podrían haber servido de modelo, dos pedazos de zinc, dos planchas de plomo, un cazo para derretir metales con restos, como su nombre indica, de metales derretidos, y unos papeles que explicaban claramente cómo dar al metal el color de la plata.

El comandante Jiménez entornó los ojos y se acarició la barbilla.

-O este es el laboratorio del alquimista más cutre del mundo, o este matrimonio está haciendo su agosto falsificando monedas…

Jiménez, rápido de reflejos como pocos, había dado en el clavo. A partir de ahí se destapó una trama que ríase usted del caso Malaya. Antonio y Carmen fabricaban monedas tanto en Málaga como en La Línea, Cádiz. En el complot estaban implicadas más personas, como Francisco Montero Ferrandiz, Francisco Mocho Díaz y Francisco Denizas García, este último habitante de una casa en la calle Fernando el Católico, número 8. ¿Era necesario llamarse Francisco para participar en la estafa? Pues no, porque también tuvieron relación en la confabulación un tal señor Miguel, una tal Antonia, hermana de Molina Ventaja, y una mujer de treinta años llamada Antonio Rusa Morales, conocida como “la Almejera”, viviendo ésta última en la calle Higuera, número 15.

Todo el grupo fue conducido a la cárcel, donde quedó a disposición del juez. Dicen que al entrar en prisión, los ojos de los funcionarios quedaron presos, nunca mejor dicho, de la retaguardia de Isabel García, que se contorneaba tan descaradamente como siempre.

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